Para encender dos velas
basta el destello ardiente de tus ojos
dejando su estela
de cielo negro y rojo
que pinta en mis mejillas el sonrojo
más cómplice que existe.
Me gusta que te enfades por nada,
que por todo, es muy triste,
y basta una mirada
para tenerte cálida y abrazada
hasta el amanecer
de todos inviernos que han pasado
para llegar a ser
el hombre enamorado
que los cuentos de hadas han contado
para que te levantes
al tocar el abismo más profundo,
y veas el instante
que surge en un segundo
y cambia para siempre nuestro mundo
de luces y sin sombras,
de creencias que yacen escondidas
y brillan si te nombra
en la noche encendida
por los ojos que curan mis heridas.

Aquí comienza el camino de nuevo. El presente avanza aunque yo no lo sienta y los días se consumen con la misma celeridad. Propuse recuperar los albores de los sonidos y no me considero un traídor. Así que, desafiando a todas las debilidades y deseos de desistir durante el tiempo necesario, y absorbiendo el dolor natural, doy el primer paso. Mi agradecimento infinito a quienes me siguen acompañando y desde el cielo estoy oyendo un aplauso.
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